Noticias como la resolución del Consejo de la Judicatura del Distrito Federal de ratificar en su puesto al juez que aparece en el documental "Presunto Culpable", la declaración de que no se atribuirán responsabilidades a los funcionarios inmiscuidos en la investigación del caso de la guardería ABC, la absolución de todos los delitos que le eran imputados a "El Vicentillo" Carrillo Leyva por parte de la PGR en lo que fue llamado el "Maxiproceso", son solo una ínfima muestra de las miles de situaciones de impunidad que vive México diariamente. Con este antecedente, suena incongruente creer ahora que, en un país en el que existe este marco de irresponsabilidad, de repente la Diosa Justicia surja en generación espontanea para dejar caer su ciego juicio en un medio tan lastimado por la corrupción a nivel mundial como lo es el futbol. Con este marco, debemos remitirnos de inmediato a los Trending Topics en materia de escándalos deportivos de las últimas semanas: Los jugadores supuestamente contaminados con Clenbuterol así como aquellos fiesteros y románticos muchachos de la selección Sub-22. Todo el circo montado por los federativos para pavonear la denuncia de estos hechos y referir las medidas disciplinarias no parece ser congruente con la realidad y la aplicación de sanciones de su país de origen.¿A que debemos el honor de toda esta repentina cacería de brujas? A nivel personal planteo una hipótesis que bosqueja un - muy probable- choque de intereses representados en una esquina, por los grupos de poder aun reinantes en la FEMEXFUT y en la otra , los agentes satelitales del deporte mexicano (representantes de jugadores, empresas con fuerte potencial de patrocinio, inclusive fuerzas políticas) que aspiran a usurpar estas funciones, tratando de desprestigiar al actual cuerpo directivo de la Federación Mexicana para instaurar una nueva era colocando las piezas mercadológicas que mejor convengan a sus intereses.
¿Qué efectos podemos observar derivados de estas disputas? En primer l
ugar, se daña el prestigio de la gente de cancha, tanto jugadores como cuerpos técnicos terminan siendo devaluados en sus actuaciones y cuestionados por sus logros; en segundo término, se vapulea el potencial deportivo de las selecciones involucradas que compiten en torneos oficiales, resultando afectadas por bajas de jugadores por bochornosos incidentes que, lo único que logran es que ante el mundo, las playeras verdes sean objetos de suspicacias y perseguidas como si se buscasen candidatos al paranoico tribunal de Salem del siglo XVII. Las acusaciones no difieren mucho, solo que ahora se requisa a todo aquel que hace pactos con demonios que promueven la lujuria en los hoteles de concentración, sin olvidar a los que caen rendidos ante la tentación de las sustancias prohibidas.
No siendo lo anterior suficiente, vemos también el derrumbe de la credibilidad en los manejos de los dirigentes del que bien podría denominarse “deporte nacional”. No parece gran cosa, pero considerando que el balompié en México es un gran escaparate para un importante sector de la población de problemáticas severas como la inseguridad, la pobreza y la lenta pero corrosiva inflación, el hecho de que la gente – aquella que genera una derrama económica cercana a los 3,200 millones de pesos anuales – deje de creer que lo que ve en los estadios y frente a sus televisores tiene un mínimo de legalidad, podría reflejarse en la disminución de ventas de los orgullosos patrocinadores, con el consiguiente efecto dominó en la generación de empleos , actividad económica y consumo.
Siendo realistas, el escenario anterior parece lejano, pues muchos mexicanos han desarrollado ya inmunidad e indiferencia ante la irresponsabilidad, palabra que se ha materializado en moneda corriente de esa escoria llamada impunidad y que logra día a día exponenciar la desconfianza ciudadana en la autoridad, volviéndola “parte de su vida”; adoptándola para mimetizarse en un mundo donde “el que no tranza, no avanza”. Que el fútbol no tenga legalidad, que lo que vemos como "disciplina y transparencia" solo es consecuencia de luchas de intereses descarnados de grupos de poder parece ya no hacer mella en la epidermis del pueblo Mexicano, curtida ya en los ácidos de la corrupción ,el desaliento y la apatía.
ugar, se daña el prestigio de la gente de cancha, tanto jugadores como cuerpos técnicos terminan siendo devaluados en sus actuaciones y cuestionados por sus logros; en segundo término, se vapulea el potencial deportivo de las selecciones involucradas que compiten en torneos oficiales, resultando afectadas por bajas de jugadores por bochornosos incidentes que, lo único que logran es que ante el mundo, las playeras verdes sean objetos de suspicacias y perseguidas como si se buscasen candidatos al paranoico tribunal de Salem del siglo XVII. Las acusaciones no difieren mucho, solo que ahora se requisa a todo aquel que hace pactos con demonios que promueven la lujuria en los hoteles de concentración, sin olvidar a los que caen rendidos ante la tentación de las sustancias prohibidas.
No siendo lo anterior suficiente, vemos también el derrumbe de la credibilidad en los manejos de los dirigentes del que bien podría denominarse “deporte nacional”. No parece gran cosa, pero considerando que el balompié en México es un gran escaparate para un importante sector de la población de problemáticas severas como la inseguridad, la pobreza y la lenta pero corrosiva inflación, el hecho de que la gente – aquella que genera una derrama económica cercana a los 3,200 millones de pesos anuales – deje de creer que lo que ve en los estadios y frente a sus televisores tiene un mínimo de legalidad, podría reflejarse en la disminución de ventas de los orgullosos patrocinadores, con el consiguiente efecto dominó en la generación de empleos , actividad económica y consumo.Siendo realistas, el escenario anterior parece lejano, pues muchos mexicanos han desarrollado ya inmunidad e indiferencia ante la irresponsabilidad, palabra que se ha materializado en moneda corriente de esa escoria llamada impunidad y que logra día a día exponenciar la desconfianza ciudadana en la autoridad, volviéndola “parte de su vida”; adoptándola para mimetizarse en un mundo donde “el que no tranza, no avanza”. Que el fútbol no tenga legalidad, que lo que vemos como "disciplina y transparencia" solo es consecuencia de luchas de intereses descarnados de grupos de poder parece ya no hacer mella en la epidermis del pueblo Mexicano, curtida ya en los ácidos de la corrupción ,el desaliento y la apatía.
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