El partido final de la Copa Oro 2011 supuso un cierre decoroso para una competición que no genera demasiada expectativa para quienes disfrutamos del fútbol en todas su facetas mas allá del morbo por ver el acelerado juego rudimentario de islas exóticas como, San Vicente y Granadinas, Guadalupe, Martinica y Granada, por poner algunos ejemplos, o la tan reiterada final entre los equipos mas representativos de la zona, México y Estados Unidos. La final mas repetida de la copa volvió a repetirse, estadounidenses y mexicanos volvieron a enfrentarse por quinta ocasión (de once) para definir al campeón de la competencia.Y resultó un partido muy emocionante, por la rápida desventaja de dos goles que México tuvo que sobrepasar y sobre todo por la pintura que fabricó Giovani Dos Santos con un gol que sólo imaginan y ejecutan los genios. Recibió el balón frente al portero, a quien en dos ocasiones punteó el esférico lo justo para que solo lo rozara, se acomodó entre dos contrarios y consciente de que otro par resguardaba la portería lanzó un arcoíris en cámara lenta que superó el salto de uno de ellos, y ahí donde la portería hace escuadra entró en forma de poema.
Aparte de los finalistas hubo otros dos conjuntos dentro del torneo que merecen ser resaltados; la sublevada selección Panameña, que enfrentó valerosa en dos ocasiones a la fuerte selección de las barras y las estrellas, ganando a base de convicción la primera y perdiendo la segunda con el partido casi finalizado (ya en semifinales), y especialmente el juego leal de la selección Cubana.
Es evidente que el fútbol es un deporte con vasto sentido socialista; todos los que participan deben cooperar por un bien común, lo que es bueno para el colectivo es bueno para el individuo. Y los cubanos, para bien o para mal, tienen más que entendido este aparato ideológico. Por muchos años han participado en los máximos eventos deportivos a nivel mundial con resultados sobresalientes, han sido capaces de terminar en varias oportunidades con más medallas que muchas de las grandes potencias. Pero con el fútbol algo ha fallado, sólo ha participado en un Mundial (Francia 1934) y ha sido por invitación, el resto se puede contar como un cúmulo de fracasos.
Después de su debut en la copa recibiendo 5 goles, cortesía de Costa Rica, los cubanos se enfrentaron a México. Ante un rival tan superior lo fácil habría sido decidirse por practicar un fútbol cavernario, atrincherándose en la cueva de su defensa, lanzando peñas al primer aventurado que osara acercarse al búnker (Véase el Real Madrid de José Mourinho versus Barcelona), olvidándose así de iniciar el viaje en busca de cosechar los mejores frutos que el campo ofrece.
Pero Cuba no conoce de estereotipos hostiles y resultadistas y salió a jugar con dignidad. A su falta de conjunción le antepuso un espíritu benévolo e inocente, y se agradece, aunque muchos no encuentren en la inocencia una virtud. El conjunto caribeño juega como el niño que echa su barco de papel en el pequeño riachuelo que acaba de formar el aguacero, pensando que el navío puede recorrer distancias sumamente lejanas hasta llegar a la mar.
Durante los tres partidos que duró la participación de los cubanos en el torneo recibieron un total de 16 goles y sólo anotaron 1, cómo no, el de la honra. Recibir una o más anotaciones nunca fue motivo de apatía o represalia, su juego continuó siendo íntegro y festivo, libre de malicia, y para muestra una cálida (sí, también las hay) estadística: luego de ir perdiendo 5 goles a 0 contra México, Jorge Torres Nilo tuvo la “imprudencia” de atravesarse en el camino de Dagoberto Quesada, quien apuntaba para sacar la pelota del campo con una escuálida barrida, falta del equipo cubano, la primera que cometía durante 88 minutos. Cuba, con su fútbol libre de paradigmas, cometió la escandalosa cantidad de una falta durante todo el encuentro, la praxis de la ética sobre la hierba.


